Llevo aquí dos meses, y dentro de poco tiempo nos volvemos a encontrar. Pienso esto así, sin más, pero me lanza hacía un abismo que no se si sabré llevar con elegancia y honestidad.
Me pregunto: ¿Qué historias les contamos a los otros a cerca de quienes somos? ¿Qué historias nos contamos a nosotros mismos al respecto? Ya no se trata de saber hacerlo, al fin y al cabo, mejor o peor, da igual, siempre nos acaban poniendo un notable. Lo que podríamos llamar una nota académicamente correcta. Continúo preguntándome a mi mismo, busco y busco, y por desgracia de momento nada. Y es que, uno comienza a preocuparse por el contenido, cuando esta cansado de estafar jugando con las formas opacas que ocultan un vacío absoluto. Los paisajes… aquí el otoño trae otros colores. Muchos colores que juegan a imponerse de manera caótica unos sobre otros, mientras una nube gris, rígida y estática, esconde el sol, que aquí todavía no conocen. Pero rápidamente me enredo en unos versos pomposos y aburridos, que ni siquiera puedo releerlos yo mismo. La ciudad. Sí, aquí hay algo de lo que buscaba al huir. Algo nuevo, muy diferente, incluso inesperado, sin embargo ninguno de los tres adjetivos deben ser confundidos con la fascinación. Y esto merece un pequeño paréntesis, que no advierto con ningún signo estilográfico, pero que los entendidos entenderán, pues todos los que nos fuimos vivimos algo nuevo, lejos de casa, sin que la costumbre nos relaje. Esta ciudad, no me fascinó cuando llegué, ni me ha fascinado todavía. No pretendo hablar mal de ella, solo es cuestión de gustos. Ahora, que lo puedo pensar, me doy cuenta, que mi ciudad, donde sigo viviendo sin estar, me fascinaba todos los días, y quizá por eso era tan feliz. No es la estampa de Nantes lo que me fascina, por eso no envió postales.
Aquí los horarios se cumplen con milimétrica puntualidad, y los minutos tienen el valor que marca el reloj. Tanto es así que las dos avenidas que cortan la ciudad en cuatro cuadraditos pequeños, dejan de irradiar su tráfico de provincias a una hora exacta, para que más tarde las gentes se recojan en su casas cuando anochece, sumiendo la ciudad en silencio de un solo portazo. Los tranvías, siguen deambulo con rumbo fijo, pero ya casi sin sentido, rezagados. El Erdre, cuya imagen solo me viene a la cabeza en la noche, oscuro y ancho, prolongando el silencio que lo bordea, como siempre, nos orienta y nos amenaza cuando vamos borrachos.
Todavía no he visto el castillo, quizá el emblema de la ciudad, y por eso las gentes con las que me he juntado me sean tan afines. Ellos tampoco han visto el castillo. No sé si es casualidad, y me da igual. Con todo esto, llegamos a ellos, a las personas que aquí me rodean, los amigos, los conocidos y los desconocidos. Con los primeros, comparto el gusto por las utopías baratas, como volar a Pekín en un barco de papel, y un coche destrozado que pierde agua y nos hace reír. El segundo grupo, los conocidos, como ciudad pequeña que es esto, se caracterizan por ser como cromos repetidos que de pequeños cambiábamos cada semana, para luego arrepentirnos e intentar recuperarlos otra vez. Es decir, van y vienen, yo los intercambió fin de semana sí, fin de semana no, como ellos hacen conmigo, y ahí reside el gusto. Es algo efímero que no cansa. Por último están los desconocidos, todos ellos, el resto del mundo. De mi mundo claro, en lo que pienso cuando escribo. Quizá por que yo sea aquí el extranjero, y no hablo en términos de fronteras políticas o lingüisticas, este último grupo me inspira un profundo misterio. Cuando me dejan solo mis amigos, ellos no repiten café, observo a estos últimos andar, parlotear. Supongo que es un lujo que ellos no tienen, un momento quieto fruto del paréntesis.
Ya hemos recorrido tres lugares comunes, la estampa, el ambiente y las gentes, y sin embargo todavía no me encuentro en mis palabras. No consigo sentirme a gusto, y ya no se si llegará el día en que sienta que algo vale la pena. Menos mal que Vila- Matas, ese que sabéis que tanto me gusta, se ha dedicado durante tantos años a disertar sobre la literatura del No, sobre el silencio como escritura, y yo como un traidor, o ni siquiera eso, solo un impostor, me acojo a sus palabras, me aferro a ellas, y cuando empiezan a sacudirse e incendiarse en mi mente, siento que conseguiré acabar este texto. Marguerite Duras, citada por mi amigo, que la conoció hasta el culo de anfetaminas, decía : “ la historia de mi vida no existe. No hay centro. No hay camino, ni línea. Hay vastos espacios donde se ha hecho creer que había alguien, pero no es verdad, no había nadie”. Yo todavía no he caído en esa autodestrucción tan devastadora, sin embargo, fijaros ya estoy siendo copista de un copista, recogiendo una cita de un citado.
Cuando me despierto, me enciendo un cigarrillo, y de nuevo me pongo a leer el libro que os estoy copiando. Paso la página, y leo “ No he escrito nunca con ánimo de publicar. Lo hice para los amigos, para reírnos, por pitorreo”. Son palabras de Pepín Bello, mentor de la generación del 27, hoy tan reconocido por lo que nunca escribió, como olvidado por él mismo.
Ahora pienso en nosotros, en la mesita cuadrada sentados comiendo y bebiendo, alegres y emocionados, quizá borrachos. Las paredes pálidas, y por ahí algún dibujo perdido. Pienso en un gran tocadiscos rojo que no existe, mientras la banda sonora de El Principio suena, y ella mira la carátula emocionada por que ese libro le gusta mucho, y alguien bromea con el hecho de que no lo hubiera perdido antes de traerlo. Las ventanas que antes colgaban, ya no están desnudas. Ahora unas cortinas opacas nos protegen, marcan una frontera física sobre esa frontera imaginaría que todos se empeñan en soñar, sobre esos dos mundos en conflicto irreconciliables, que yo como un mediador experimentado manejo con palillos chinos, tratando de mantener el equilibrio en todo el universo. Igual solo son cortinas, y el resto sólo son gilipolleces, estupideces y juegos de palabras y miradas. Hace frío y llueve, eso me han dicho, y por falta de costumbre las calles están vacías. Llego al final del libro, y Vila- Matas, me dice guiñándome un ojo con complicidad, que lo importante del todo es que siempre queda algo, que cualquier biografía no es más que un recuerdo inventado. Seguramente el también sea un mentiroso. Pienso que responder cuando alguien me pregunte por qué no escrito nada aquí, y me digo que ya ni me aucerdo.
No se cuando poner punto y final, me pierdo, y de repente , Lasen se sienta a mi lado y me dice que nos echará de menos, que ahora somos sus únicos amigos. Un monstruo de cien kilos, con sus anillos de oro, me dice todo eso con los ojos pesados, apunto de llorar, no por la hierba que no para de fumar, sino por que desde hace tres meses ya no se siente sólo. Me dice que cundo su cuarto está demasiado vacío abre la ventana, para ver si algo entra por allí y llena su soledad. Siempre que entro en su cuarto, lo veo asomado a su ventana con la cabeza salida como si quisiera volar, huir, desaparecer o que se yo. Sólo se que ahora es feliz, por que ya no volará solo, ya no desaparecerá en el olvido cuando vuelva a Marsella, ya no quiere huir cada vez que abre los ojos. Lo miro sorprendido, como si él, que seguro también tiene sus recuerdos invetados, hubiera querido brindarme un momento de sinceridad para el final de este cuento que estoy copiando.
Pienso que ya tengo algo que contar.
18/12/08
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