28/6/10

Coimbra. Parte 4.

Cuando cierro los ojos, ya la veo casi como un recuerdo…
Un reloj en lo alto te ayudaba a no perderte. Lo llamaban búho, y se entendía, porque siempre te observaba. Fueras donde fueras, ahí estaba. Hacía tiempo que no cantaba… quizá lo enmudeció el ruido de los jóvenes sedientos de euforia que plagaban todas las noches Coimbra.
Era fácil perderse por sus calles. Algunas veces tan estrechas que apenas cabías tu solo, y otras tan anchas que cabian hasta las cucarachas. Que pasaban sin tocarte. Que apenas se daban cuenta de tu presencia.
Aveces la noche te regalaba un viaje. Alguien se cruzaba en tu camino para cogerte de la mano y guiarte hacia un mundo diferente. Un mundo inventado, que la mayoría de las veces era ficticio, pero... ¿quién ha venido a vivir la realidad?
Es mucho más sano y divertido dejarse llevar, hacer como si la mano tendida fuera totalmente de confianza, y aprovechar aunque sea el vacío maquillado.
Casi siempre inmersos en una vorágine de alcohol que te aptrapaba desde el momento en el que caia el sol.

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