28/6/10

Coimbra. Parte 3.

En lo alto de Coimbra hay un gato en un tejado. Se está dejando llevar por las plumas de las palomas (lo único bueno que tienen esos bichos). Las dueñas de los cielos, que aquí se les permite la entrada hasta en las cuevas de los hombres. Son como ratas del aire, andan todo el día comiendo las sobras de la gente, y no le tienen miedo a nada.
Yo no ando nunca sola, me acompaña siempre la banda sonora que un amigo me hizo unas horas antes de mi marcha. Por eso, todo tiene un color y un ritmo diferente. Ando bailando y vivo mi propia Coimbra.
Nadie siente la necesidad de acercarse a mí, y eso me gusta.
Puedo distinguir a los españoles mirando por encima de sus hombros y ojeando el idioma del libro que están leyendo. Los hay a patadas. Nadie diría que en España le hacemos el vacío a Portugal.
Coimbra es el manto que cubre dos de las montañas que hay en el país. En lo más alto de una están las universidades, que se puede acceder a ellas subiendo las inmensas escaleras que como Javi nos contó, esconden una leyenda…; si bajas te topas con la plaza de la República, y si continuas su calle, con un monumento dedicado a los muertos de la patria en la Primera Guerra Mundial, más adelante “la baixa”, la “gran hamaca“, las estaciones, el choupal, y la nada. Si caminas en la otra dirección te encuentras el Jardin de Sereia, que te obliga a olvidarte del mundo que hay detrás de la profundidad del parque. Y que esconde de forma sutil la prisión que queda justo en medio de la ciudad.
Y en la otra parte estoy yo.
Me encuentro ahora mismo en la calma que precede a la tempestad y que al mismo tiempo la antecede.
Desde mi tejado puedo ver a las golondrinas inquietas por el mal tiempo más cerca de lo que lo haya hecho nunca. Formo parte de ellas. Tengo miedo porque están ciegas, embriagadas por su situación, y no sería de extrañar que me confundieran con una posada y se enredaran en mi pelo.
En la casa de al lado hay una anciana solitaria que grita al mundo frecuentemente para avisar a todos los vecinos de que está apunto de llover, o de que va a anochecer, o de que el mundo está cambiando y andamos todos hacia el final de los días del ser humano. Le encanta dar voces…
Pero ahora únicamente me mira. Sabe bien que no soy una persona en este momento, y me respeta como si de una parte del mobiliaro arquitectónico se tratara. Me mira con indiferencia pero de forma profunda. Yo le aguanto la mirada, y entonces las primeras gotas de la nueva tempestad que ya llega mojan mi cabeza. Y me retiro, me resguardo del momento y dejo de escribir.

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