28/6/10

Coimbra. Parte 2.

En esta ciudad, los coches suben las calles en tercera y las bajan en quinta.

Subir a un taxi es una experiencia única. Es un aspecto turístico más de la ciudad, hay que vivirlo.

No subir a un taxi aquí es como ir a Lisboa y no pasar por el barrio alto. No sé qué estás haciendo pero estás perdiendo el tiempo.

La primera vez que me metí en uno por el centro fue con mis tutoras. (Una de ellas anda coja, así que he frecuentado bastantes veces esa atracción). Empezó el viaje con un ligero cosquilleo en el estómago.

La primera curva: me pongo el cinturón de seguridad y me agarro bien fuerte al coche. Cuando pasamos por la calle de la República de los kágados la adrenalina era tan fuerte que tuve que evocar un pequeño grito. Al que mis tutoras respondieron con una mirada de burla.

Seguimos adelante por las calles (que ya sabéis que miden apenas cuatro metros de ancho y además siempre con algún coche aparcado), y el conductor coge el aparato de la radio y se pone a hablar.

En ese momento lo entiendo todo… los taxistas no son más que pilotos de rally que cuando no hay carreras se entrenan como buenamente pueden. Pobrecillos, pensando siempre para dentro…”¡¡¡rás a derecha!!!, ¡vamos pequeño Joao, que a la próxima triunfamos!”

El momento de bajar del coche… un momentazo!! Mucho mejor que beberse una botella de Jack Daniels, ¡¡dónde va a parar!! Tu cuerpo te mece de una parte a otra y la gravedad queda puesta en tela de juicio.

Entonces me giro a mis tutoras y les digo: gracias, me ha gustado mucho.

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