Hoy es el aniversario de la Revolución de los claveles.
En este día, Coimbra se llena de mujeres que han salido a la calle a abarrotar los escenarios donde en otro tiempo sus madres y sus abuelas se unieron para luchar por los derechos que les habían quitado al nacer, al convertir el género que no habian elegido en una cuestión de desigualdad. Todas arrancaron un clavel de la tierra y lo alzaron como la única arma que poseían.
El clavel ha sido regalado a cada mujer por un hombre. Y es que ese gesto, ese detalle de empatizar con la historia de las mujeres, es lo que hace que esa flor sea hoy tan especial.
Y a mí, hoy, nadie me ha regalado un clavel.
Justo el viernes estuve leyendo un artículo sobre ésta revolución, y como siempre pasa cuando te empapas de estas cosas, me sentí más mujer que nunca.
Entonces, salí a la calle con la cabeza bien alta. Porque yo no era yo. Era todas esas mujeres que dejaron a sus hijos al cuidado de sus maridos o de sus madres demasiado ancianas para la lucha, y unieron sus fuerzas para construir algo un poco más igualitario.
Calló el día, y yo seguía siendo tan mujer como por la mañana. Entonces fui a beber y me enchufé un cigarro. Por fuera daba la impresión de que tenia sed de venganza, y era cierto, para qué engañarnos. Y no era un buen día para relacionarse con el sexo opuesto, me molestaban esa clase de personas.
Entonces llegó un hombre, que se interpuso en mi conversación para invitarme a dejar a un lado mi enfado infundado. Me hizo aterrizar con sus argumentos y me ofreció la parte que yo estaba obviando. Entonces me acallé a mi misma y me dejé convencer. Era demasiado fácil, no fue un logro, puesto que yo podría haberme convencido a mi misma si hubiera querido. Pero acepté mi absurda lucha solitaria, y me inventé un nuevo transcurso.
Aunque no necesitaba a nadie, ya era demasiado tarde para arrepentimientos. La situación se había dado sin que ninguno de los dos nos diéramos casi cuenta. La gente de alrededor se había marchado y nuestro colega de la barra nos negó el elixir que nos había estado dando la vida las 10 horas anteriores. Irse a casa no era una opción, para ambos, la noche aún era joven.
Salimos a la calle y la luna se había ido. La luz natural era molesta, entonces me dejé llevar continuando con mi enzarpamiento en esa conversación infinita (que parecía diferente porque ambos estábamos en otro país y proveníamos de puntos distintos de la misma España) y mi compañero me guió hasta que de repente nos detuvimos en un portal.
Entonces, sin que pueda recordar muy bien el momento en el que le di pie, me encontré en una casa ajena con una persona que de repente había dejado de verme como un igual y me miraba ya como a una mujer.
Y pensé en la visita de la semana anterior de mis dos colegas españoles, y recordé sus dos visiones acerca de estos temas y mi imposibilidad en ese momento de ser uno de ellos.
Y dejé de pensar, me puse una máscara y seguí adelante.
Después de dos horas y media, había llegado el momento de llevarme un cigarro a la boca. Él deslizó su brazo por mi vientre y me atrajo hacia su cuerpo.
Y volví a pensar en la tronka.
No quedaba tabaco, la noche y mi ciego habían acabado con todas mis existencias y con las suyas (y recordé que quizá fuera ese el principal motivo por el que accedí a alejarme de la barra).
Entonces, antes de que le diera tiempo a pronunciar ninguna palabra, me levanté y me vestí.
Intenté rehuir sus preguntas con evasivas y compromisos que solo yo me creí. Le di las gracias, un beso en la frente y le pedí que me indicara la vuelta a mi casa.
Por supuesto, me negué a ser acompañada. Seguía siendo independiente. Pues eso faltaba…
Y ahí que fui, con el principio de mi apreciada resaca que me fue fiel hasta 48 horas después y anduve hasta llegar a mi morada en la que se encontraba mi cama vacia.
Como era de esperar, no tenía llaves, asique tuve que llamar insistentemente a mis compañeras de piso que yacían casi muertas en sus habitaciones. Cuando una escuchó mis trompazos en la puerta me abrió y me preguntó: ¿llegas ahora?
Contesté con la mirada y le advertí que no me despertaran nunca.
Y hoy, rodeada de mujeres con claveles en las manos, me como mi orgullo femenino de forma literal y me compro un libro. Entonces me olvido de la idea de que nadie me regale un bonito cadáver y celebro otra cosa, por ejemplo el dia de Sant Jordi.
Y me doy cuenta de que aveces, las migajas son suficientes para saciar mi sed, para olvidar mis miedos.
Y me entran ganas de comunicarme, de continuar este proyecto. De convertir la cruda realidad en algo agradable.
Y me lanzo al vacio, y vuelvo a saltar la valla.