26/3/14

Queridas y queridos,

Aquí estoy,  reecontrandome últimamente con lo que algún día quise ser. Reexplorando la parte adormecida de mi profundo amor por "el contar". Y si ella me lo permite, por la literatura, la más vieja de ellas.
Y he recordado este lugar. Este viejo y cochambroso lugar que ya huele a humedad y a vino rancio. Pero que, en el fondo, sigue teniendo, al menos para mí, algo que me hace sentir como en casa, como a salvo.
Es curiosa la vida, ¿no?  así en general cuando repasas todas las conversaciones, compartidas y en silencio, que has tenido sobre ella. Cuántas cosas se han dicho madre mía...
Imagino que en el fondo nunca estuvo en nuestras manos y todo fue siempre algo así como un pasatiempo. Que hace que, sencillamente, pase el tiempo.

Etapa a etapa...

No me gusta idolatrar el pasado y caer en eso de que siempre fue mejor y bla bla bla. Pero hay veces en que me recorre la sensación de que sí que lo fue, y me entran ganas de volver corriendo a aquel contenedor del Cedro en el que alguien me había metido...

(((Y embriagarme como nunca filosofando sobre lo que yo haría del mundo si éste estuviera en mis manos.
Y fumar mucho.
Y gastármelo todo. Todo, todito, todo. A la puta mierda el dinero joder, joder, joder. Hostia puta ya)))


... Quizá porque me recuerdo como despreocupada, tal vez como medio inconsciente. No se...

En realidad yo solo quería saludar y decir que algún día fuimos otra cosa, y sin ninguna pretensión de más, quería recordárosla.

 ZIVJELI

28/6/10

Predicciones de vuelta

Deseo inventar una historia. Una que reviva todo aquello que esté muerto.
Que no pase el tiempo, que la ilusión esté intacta. Que nos lo hayan tocado todo menos eso.
Y recuerdo entonces la historia del vinilo que escuchamos en el tocadiscos rojo. Una vuelta lejana…
Y me apetece seguir sembrando… lo que sea, aunque sea inventado. Tal vez nos una la locura. Y ahora, puedo decir gritando que después de haberla visto de cerca, sé que no se está más cerca de ella que cuando se piensa que se está totalmente cuerdo.
¿y qué mas da todo eso joder?
En realidad lo que quiero es que estemos todos. Justamente todos lo que tenemos que estar. Y que importe una mierda todo lo demás. Que no hagan falta excusas ni explicaciones nunca. Que cojamos la opción de habernos inventado una forma de existir, una forma de andar por la vida.
Que todo sea cierto, que nadie tenga nunca que decirme que siempre ando volando en la imaginación porque sepa perfectamente que ya lo sé.
Que nadie diga la palabra imposible.


Después de haber recorrido mundos cada uno por su cuenta llegó el momento de coincidir. Una coincidencia esperada, en la que muchos ya habían pensado; intentando hacer realidad lo que en otra época eran comentarios despectivos, esos que hacemos cuando alguien ama más de la cuenta.
Algunos luchaban por la idea de hacer realidad el sueño de cohabitar en una misma finca y jugar todos los días a hacer especiales las coincidencias.
Otros luchan por mantenerse cerca en la distancia, por seguir contando con dos moradas pero cada una en un barrio… para poder abarcar más zonas, para poder respirar…
Y yo, personalmente, me dejaré llevar probablemente por los precios y las calidades.
Y al margen de todo, sé y sabéis, que va a ser de todo menos lo que imaginamos.
Entonces llamarán a la puerta, y será Pek y Martin, que vienen con una botella de vino y con unas copas nuevas a estrenar nuestra nueva Ciudadela, la de las cinco…
El oso aparecerá más tarde, no hace mucho que llegó a la ciudad y anda reencontrándose con la gente de su barrio y los del circo y tal…
Esta vez no cocinaremos, estamos ansiosos por subir a la nube. Puede que el tocadiscos aun vaya, igual es una de las pocas cosas que no hemos roto. Y digo puede, que descanse quien sea que lo haya roto si lo ha hecho.
Pero no pasa nada, vuelvo a casa con unos altavoces que me costaron 5 euros en Continente. Si si, Continente, en Portugal no ha habido fusiones con franceses. A eso, no me costó nada adaptarme, puesto que aún no me había acostumbrado a su nuevo nombre en España…
Nos abrazaremos, nos besaremos, probablemente haya violencia… y después… saldremos a la calle. Yo no pararé de reír porque casi todo en esta vida me hace evocar sonrisas.
Entonces os querré, me daré cuenta de que lo que he encontrado no tiene precio. Igual os lo digo y lloro. Igual me lo callo y lloro. Igual no hará falta decir nada. O igual ni siquiera estaré ya presente porque me habré abrazado con todas mis fuerzas al váter, que es una amigo fiel, siempre en el mismo lugar, dando cabida a mis excesos…
Y bueno, hablando de excesos… ¿a quién se le ocurrió invitarme a este lugar?
Ya paro, ya…
ESTO ES TOD, ESTO ES TOD, ESTO ES TODO AMIGOS!!!!!

Delirios

Vuelvo a cogerla por necesidad.
La palpo y me pregunto si será capaz esta vez de absorber mis delirios y transformarlos en palabras.
Y ahora, como siempre, pendulo entre la mediocridad y lo absurdo. Me balanceo de un sitio para otro y me reitero cuando digo que hacer esto me sale más barato que ir a un psicólogo.
Ella se mueve sola, no hace falta que le pregunte nunca ¿qué?, ¿quién?, ¿cuándo?
Lo anticipa, y cuando he terminado, de una forma u otra ese sentimiento se va. Desaparece confundido por la delatación inconsciente que ha sufrido.
Y lo suelto aquí, en nuestra morada. Porque sólo vosotros podéis verla. Porque descanso cuando pienso que las cien personas que aquí he sido no son nadie, no son nada…
Y porque creo que puedo hacerlo, que estoy avalada aquí para inventar, para soñar, para vomitar y para tantas otras cosas más…
Y sin saber porqué, me siento un poco más libre…

Te echo de menos cuando estás a mi lado.
Añoro tu forma de tocarme, tus susurros a media noche aún sabiendo que estoy dormida.
Añoro tus miradas cómplices, el hecho de entenderlas.
Añoro la tristeza de las despedidas, el momento ese de decir…”duerme conmigo, quédate esta noche…”
Echo de menos que me conozcas, que sepas que cuando hablo con voz de niña es porque estoy contenta, y que cuando no te miro a los ojos es porque estoy ocultando algo. Tantas veces a mí misma.
Echo de menos que no me tengas que dar explicaciones, que ya hayas entendido que tu vida es tuya y no la quiero y que la mía es mía y no tienes porqué quererla.
Añoro incluso que tú no me las pidas. El momento de decir: hoy no nos veremos, pero te aseguro que no estarás solo…
Añoro la ausencia de este vacío.
La sinceridad, el hecho de ponernos al nivel de las personas y decir que no quiero que me llames cuando el camino se bifurque. Que ambos aceptemos eso y lo veamos como algo bueno.
Que si quieres juegues a encontrarme y yo a perderte, y que no tiene eso nada que ver con lo que he dicho anteriormente.
Que elijas, y seas. Nunca te he pedido una verdad.
Detesto que te creas para siempre. Detesto las mentiras inhumanas, esas que ponen en entredicho lo perecedero de la vida.
Echo de menos lo que no tengo, y me viene sobrando ya lo demás…

Coimbra...El final...DJUNTA MON...

Era un dia soleado, en un lugar conocido. Hacía algún tiempo había estado allí unos meses con una de esas becas erasmus.
Y ahora volvía para alimentarse de los restos.
Lo recordaba todo con cariño.
El paso del tiempo había hecho que lo que había vivido allí fuera ahora como un sueño. La memoria ya le fallaba, y veia su pasado de forma un tanto borrosa.
Iba sola porque habia decidido reencontrarse con su vida, con lo que en otra época lo fué.
Decidió parar en Santa Clara, en la otra parte del Mondego, para así verla primero de lejos e ir acercándose lentamente a ella.
El río seguía teniendo agua. Y recordó que en otro momento alguien le dijo que los portugueses acostumbraban a hacer pequeños diques para contenerla y que pareciera que el caudal que cruzaba la ciudad era real.
Y era de agradecer, porque de esta forma, lanzabas algo al rio, y la corriente se lo llevaba, pero no muy lejos. Digamos que todos los recuerdos quedaban estancados entre las dos barreras artificiales.
Se sentó en todos los bancos de Coimbra, viendo pasar a la gente y esperando que se cruzara alguna cara conocida. Puede que esperara que alguna de las personas que compartió ese espacio con ella estubiera haciendo lo mismo justo en ese momento.
Llegó a lo más alto, y luego volvió a bajar.
En su trayecto pudo ver a gente de todas las nacionalidades interactuar entre ellos. Era como si cada uno le hubiera robado una parte de su vida.
Fué a su antigua casa, y estaba ocupada. Llamó a la puerta y pidió que la dejaran entrar. Pero no la dejaron.
Era gente normal la que vivía allí, ese tipo de gente que te mira a los ojos y te destroza los sueños por tu bien. Que les importa bien poco todo aquello que no es real y palpable.
Y volvió a la calle.
Siguió paseando hasta que se hizo de noche. Entonces, buscó una barra. Pidió lo que antaño acostumbraba: rum preto con cola.
Después de unos cuantos cubatas frecuentó los mismos lugares de siempre. Subyaciendo siempre la intención de una coincidencia inesperada.
Y acabó donde siempre.
La música era la misma, o parecida.
Todo era igual salvo las personas, y sin embargo, todo parecia diferente.
Entonces falló su vuelo y aterrizó forzosamente contra el suelo.
Y recordó una pelicula, una frase de Martin Hache... “La patria es un invento. No se extraña un país, se extraña un barrio en todo caso. Tu país son tus amigos, y eso sí se extraña...”



“DJUNTA MON” es una expresión criolla que significa dar lo mejor de nosotros, como dar un brazo y un abrazo.

Coimbra. Parte 4.

Cuando cierro los ojos, ya la veo casi como un recuerdo…
Un reloj en lo alto te ayudaba a no perderte. Lo llamaban búho, y se entendía, porque siempre te observaba. Fueras donde fueras, ahí estaba. Hacía tiempo que no cantaba… quizá lo enmudeció el ruido de los jóvenes sedientos de euforia que plagaban todas las noches Coimbra.
Era fácil perderse por sus calles. Algunas veces tan estrechas que apenas cabías tu solo, y otras tan anchas que cabian hasta las cucarachas. Que pasaban sin tocarte. Que apenas se daban cuenta de tu presencia.
Aveces la noche te regalaba un viaje. Alguien se cruzaba en tu camino para cogerte de la mano y guiarte hacia un mundo diferente. Un mundo inventado, que la mayoría de las veces era ficticio, pero... ¿quién ha venido a vivir la realidad?
Es mucho más sano y divertido dejarse llevar, hacer como si la mano tendida fuera totalmente de confianza, y aprovechar aunque sea el vacío maquillado.
Casi siempre inmersos en una vorágine de alcohol que te aptrapaba desde el momento en el que caia el sol.

Coimbra. Parte 3.

En lo alto de Coimbra hay un gato en un tejado. Se está dejando llevar por las plumas de las palomas (lo único bueno que tienen esos bichos). Las dueñas de los cielos, que aquí se les permite la entrada hasta en las cuevas de los hombres. Son como ratas del aire, andan todo el día comiendo las sobras de la gente, y no le tienen miedo a nada.
Yo no ando nunca sola, me acompaña siempre la banda sonora que un amigo me hizo unas horas antes de mi marcha. Por eso, todo tiene un color y un ritmo diferente. Ando bailando y vivo mi propia Coimbra.
Nadie siente la necesidad de acercarse a mí, y eso me gusta.
Puedo distinguir a los españoles mirando por encima de sus hombros y ojeando el idioma del libro que están leyendo. Los hay a patadas. Nadie diría que en España le hacemos el vacío a Portugal.
Coimbra es el manto que cubre dos de las montañas que hay en el país. En lo más alto de una están las universidades, que se puede acceder a ellas subiendo las inmensas escaleras que como Javi nos contó, esconden una leyenda…; si bajas te topas con la plaza de la República, y si continuas su calle, con un monumento dedicado a los muertos de la patria en la Primera Guerra Mundial, más adelante “la baixa”, la “gran hamaca“, las estaciones, el choupal, y la nada. Si caminas en la otra dirección te encuentras el Jardin de Sereia, que te obliga a olvidarte del mundo que hay detrás de la profundidad del parque. Y que esconde de forma sutil la prisión que queda justo en medio de la ciudad.
Y en la otra parte estoy yo.
Me encuentro ahora mismo en la calma que precede a la tempestad y que al mismo tiempo la antecede.
Desde mi tejado puedo ver a las golondrinas inquietas por el mal tiempo más cerca de lo que lo haya hecho nunca. Formo parte de ellas. Tengo miedo porque están ciegas, embriagadas por su situación, y no sería de extrañar que me confundieran con una posada y se enredaran en mi pelo.
En la casa de al lado hay una anciana solitaria que grita al mundo frecuentemente para avisar a todos los vecinos de que está apunto de llover, o de que va a anochecer, o de que el mundo está cambiando y andamos todos hacia el final de los días del ser humano. Le encanta dar voces…
Pero ahora únicamente me mira. Sabe bien que no soy una persona en este momento, y me respeta como si de una parte del mobiliaro arquitectónico se tratara. Me mira con indiferencia pero de forma profunda. Yo le aguanto la mirada, y entonces las primeras gotas de la nueva tempestad que ya llega mojan mi cabeza. Y me retiro, me resguardo del momento y dejo de escribir.

Coimbra. Parte 2.

En esta ciudad, los coches suben las calles en tercera y las bajan en quinta.

Subir a un taxi es una experiencia única. Es un aspecto turístico más de la ciudad, hay que vivirlo.

No subir a un taxi aquí es como ir a Lisboa y no pasar por el barrio alto. No sé qué estás haciendo pero estás perdiendo el tiempo.

La primera vez que me metí en uno por el centro fue con mis tutoras. (Una de ellas anda coja, así que he frecuentado bastantes veces esa atracción). Empezó el viaje con un ligero cosquilleo en el estómago.

La primera curva: me pongo el cinturón de seguridad y me agarro bien fuerte al coche. Cuando pasamos por la calle de la República de los kágados la adrenalina era tan fuerte que tuve que evocar un pequeño grito. Al que mis tutoras respondieron con una mirada de burla.

Seguimos adelante por las calles (que ya sabéis que miden apenas cuatro metros de ancho y además siempre con algún coche aparcado), y el conductor coge el aparato de la radio y se pone a hablar.

En ese momento lo entiendo todo… los taxistas no son más que pilotos de rally que cuando no hay carreras se entrenan como buenamente pueden. Pobrecillos, pensando siempre para dentro…”¡¡¡rás a derecha!!!, ¡vamos pequeño Joao, que a la próxima triunfamos!”

El momento de bajar del coche… un momentazo!! Mucho mejor que beberse una botella de Jack Daniels, ¡¡dónde va a parar!! Tu cuerpo te mece de una parte a otra y la gravedad queda puesta en tela de juicio.

Entonces me giro a mis tutoras y les digo: gracias, me ha gustado mucho.

8/5/10

Un sonido incómodo

Hoy, al despertar, he escuchado una vez más la sirena y acto seguido la voz grave y seria del hombre que todos los días paraliza la ciudad diciendo: vinte i dois, vinte i treis, vinte i oito…
Se trata probablemente de un funcionario que trabaja en prisión. Y como esta ciudad es tan pequeña, tiene un eco privilegiado. Es por eso que podemos compartir todos los días con los presos su hora de patio y su llamada a cabinas.
Cuando lo sabes te hace gracia, estas mucho más tranquila sabiendo que la fuga de uno de ellos no podría ser jamás ocultada a los medios y a la población.
Pero los primeros días… me es imposible expresar lo que sentí al escuchar esa tenebrosa voz. Su ritmo es lento, suena como asi: viiiiiiiiiiiiiiinnnteeeee iiiiiiiii oiiiiiitooooo… viiiiiinteeeee i doooiiiiisss…
Por un momento me trasladé a una época que jamás he vivido pero que puedo revivir por lo concienciada que estuve en otro tiempo de ella. Era un toque de queda. Indudablemente lo era. Y yo estaba sola en casa, no podía llamar a nadie puesto que a nadie le importaba. Pero tenía que salir a la calle, llegaba tarde a mi primer día de prácticas. Pero… ¿y si la calle estaba tomada? ¿y si la noticia había salido en el informativo de la mañana y yo por no tener televisor no me había enterado?
Después de subirme en una silla que coloqué estratégicamente en el balcón, y de apreciar a uno o dos peatones caminando a un ritmo normal, me armé de valor y salí a la calle.
Anduve la pronunciada bajadeta mucho más deprisa de lo que en realidad el terreno lo permitía y subí las escaleras del edificio donde tenían que encontrarse mis tutoras. Llamé a la puerta unas cinco veces.
Me abrió la puerta una de ellas con una sonrisa que me desconcertó.
- Bom dia Paki! Vens disposta?, me dijo.
- Bom di dia… Sim sim, estou… disposta…
Dejé pasar el tiempo suficiente para que mi ritmo de respiración no delatara mi locura, y entonces lancé mi pregunta. En castellano claro, era demasiado profunda para traducciones simples…
- Una... una preguntita Rute… la voz esa que se escucha desde todo Coimbra de un señor que parece estar enfadado o como mínimo descontento con lo que está diciendo… ¿que significa y porqué?
Ella se rió durante quince segundos aproximadamente y dijo: viiiiinnnteeee i oooiiiitooooo
Me lancé a decir que si para que no dijera un número más por la salud de ambas y volví a preguntar porqué con cara de: aquí una de las dos tiene un problema de falta o de exceso de aceptación…
Entonces volvió a reír y me dijo que ese sonido venía de la cárcel, (que se encontraba a unos metros de absolutamente todo porque esto es una nuez y en ese momento podrida) y que iba a escucharlo todos los días. Me explicó lo que era y para qué y entonces me dijo: ¿que te habías asustado?
- No hombre no… solo me había extrañado un poco que toda la población conviva con estos sonidos sin revivir un pasado que aún está latente entre vosotros y que ha supuesto un embarazo en casi todas las conversaciones que he intentado iniciar con un portugués. Solo eso, pero me dejas mucho más tranquila, si, mucho mas…
A la mañana siguiente lo volví a escuchar, y por un momento olvidé la conversación con Rute y me encontré a mi misma casi debajo de mi cama pensando en el maldito día en que mi madre me obligó a salir de su vientre.
A los dos días, consultando el Público virtual (su edición portuguesa) leí que la noche anterior, mientras yo estaba cenando pechugas al limón con patatas fritas en mi casa, a 200 metros se estaba dando un motín en la prisión. Los presos se quejaban de la falta de higiene, de buena alimentación y de libertad que había en la cárcel. Se ve que en la calle se reunieron sus familias en signo de apoyo ya que compartían las mismas protestas. Y con ellos asociaciones y vecinos que querían a sus presos un poco más libres.
Y cómo no, en la ciudad, aparte de estas personas no se inmutó nadie más.
Por la noche salí de fiesta, y Pepiño me acercó a los muros. Me senté unos minutos junto a uno y me quedé callada. Él se sentó conmigo y compartió mi silencio. Por delante de nosotros pasaban miles de borrachos, jóvenes dispuestos a comerse el mundo. Matrimonios con sus hijos que se dirigían a sus casas después de una cena tranquila a acostar a sus retoños y dejar paso a las nuevas generaciones para que pudieran tomar las calles.
Y me convertí en el muro, por un instante mi alma se quedó en el otro lado, y una lágrima recorrió mi cara.
Y él me dijo: tú tampoco eres libre niña…
Asentí porque cualquier respuesta me parecía precipitada.
Entonces desaparecí. Una vez más acallé lo que me estaba matando por dentro e intenté aprovechar lo que me ofrecía el momento.
Al día siguiente me desperté mas triste, sola, vacía y sucia que nunca.
Y volví a acallar ese sentimiento, porque no estaba en mi mano desprenderme de él.

25 de Abril

Hoy es el aniversario de la Revolución de los claveles.
En este día, Coimbra se llena de mujeres que han salido a la calle a abarrotar los escenarios donde en otro tiempo sus madres y sus abuelas se unieron para luchar por los derechos que les habían quitado al nacer, al convertir el género que no habian elegido en una cuestión de desigualdad. Todas arrancaron un clavel de la tierra y lo alzaron como la única arma que poseían.
El clavel ha sido regalado a cada mujer por un hombre. Y es que ese gesto, ese detalle de empatizar con la historia de las mujeres, es lo que hace que esa flor sea hoy tan especial.
Y a mí, hoy, nadie me ha regalado un clavel.
Justo el viernes estuve leyendo un artículo sobre ésta revolución, y como siempre pasa cuando te empapas de estas cosas, me sentí más mujer que nunca.
Entonces, salí a la calle con la cabeza bien alta. Porque yo no era yo. Era todas esas mujeres que dejaron a sus hijos al cuidado de sus maridos o de sus madres demasiado ancianas para la lucha, y unieron sus fuerzas para construir algo un poco más igualitario.

Calló el día, y yo seguía siendo tan mujer como por la mañana. Entonces fui a beber y me enchufé un cigarro. Por fuera daba la impresión de que tenia sed de venganza, y era cierto, para qué engañarnos. Y no era un buen día para relacionarse con el sexo opuesto, me molestaban esa clase de personas.
Entonces llegó un hombre, que se interpuso en mi conversación para invitarme a dejar a un lado mi enfado infundado. Me hizo aterrizar con sus argumentos y me ofreció la parte que yo estaba obviando. Entonces me acallé a mi misma y me dejé convencer. Era demasiado fácil, no fue un logro, puesto que yo podría haberme convencido a mi misma si hubiera querido. Pero acepté mi absurda lucha solitaria, y me inventé un nuevo transcurso.
Aunque no necesitaba a nadie, ya era demasiado tarde para arrepentimientos. La situación se había dado sin que ninguno de los dos nos diéramos casi cuenta. La gente de alrededor se había marchado y nuestro colega de la barra nos negó el elixir que nos había estado dando la vida las 10 horas anteriores. Irse a casa no era una opción, para ambos, la noche aún era joven.
Salimos a la calle y la luna se había ido. La luz natural era molesta, entonces me dejé llevar continuando con mi enzarpamiento en esa conversación infinita (que parecía diferente porque ambos estábamos en otro país y proveníamos de puntos distintos de la misma España) y mi compañero me guió hasta que de repente nos detuvimos en un portal.
Entonces, sin que pueda recordar muy bien el momento en el que le di pie, me encontré en una casa ajena con una persona que de repente había dejado de verme como un igual y me miraba ya como a una mujer.
Y pensé en la visita de la semana anterior de mis dos colegas españoles, y recordé sus dos visiones acerca de estos temas y mi imposibilidad en ese momento de ser uno de ellos.
Y dejé de pensar, me puse una máscara y seguí adelante.
Después de dos horas y media, había llegado el momento de llevarme un cigarro a la boca. Él deslizó su brazo por mi vientre y me atrajo hacia su cuerpo.
Y volví a pensar en la tronka.
No quedaba tabaco, la noche y mi ciego habían acabado con todas mis existencias y con las suyas (y recordé que quizá fuera ese el principal motivo por el que accedí a alejarme de la barra).
Entonces, antes de que le diera tiempo a pronunciar ninguna palabra, me levanté y me vestí.
Intenté rehuir sus preguntas con evasivas y compromisos que solo yo me creí. Le di las gracias, un beso en la frente y le pedí que me indicara la vuelta a mi casa.
Por supuesto, me negué a ser acompañada. Seguía siendo independiente. Pues eso faltaba…
Y ahí que fui, con el principio de mi apreciada resaca que me fue fiel hasta 48 horas después y anduve hasta llegar a mi morada en la que se encontraba mi cama vacia.
Como era de esperar, no tenía llaves, asique tuve que llamar insistentemente a mis compañeras de piso que yacían casi muertas en sus habitaciones. Cuando una escuchó mis trompazos en la puerta me abrió y me preguntó: ¿llegas ahora?
Contesté con la mirada y le advertí que no me despertaran nunca.
Y hoy, rodeada de mujeres con claveles en las manos, me como mi orgullo femenino de forma literal y me compro un libro. Entonces me olvido de la idea de que nadie me regale un bonito cadáver y celebro otra cosa, por ejemplo el dia de Sant Jordi.
Y me doy cuenta de que aveces, las migajas son suficientes para saciar mi sed, para olvidar mis miedos.
Y me entran ganas de comunicarme, de continuar este proyecto. De convertir la cruda realidad en algo agradable.
Y me lanzo al vacio, y vuelvo a saltar la valla.