Cómo decirte...
Cómo explicarte que no me convertí en esto de forma voluntaria. Que las patadas, las palabras, los golpes, los abusos, y los buenos momentos me construyeron.
Y ahora, perdida entre afirmaciones, negaciones, y reafirmaciones, siento que no es el tiempo el que me impide contarlo, sino la relevancia de las palabras que, salvo en el caso de que sean pedidas, se diluyen bajo la multitud de efectos colaterales que influyen a una persona.
Nunca tuve fuerzas resevadas para explicaciones, y jamás me guardé las ganas. Las plasmo vomitando las letritas que consiguen calmar mi ansia de gritarle al mundo entero lo que, en este caso, sólo tendría que decirte a ti.
Sería absurdo pensar que soy la única que vomita, pero ésta es mi forma de hacerlo. Así, guardándo ésto en una posada a la que nunca vas a poder acceder. Contándole esto a gente a la que nunca le vas a impotar, y dejándo al margen el escaso sentido que cobran las palabas sin ti.
Quedándome vacia para que cuando estés a mi lado no exista ya esta inquietud. Simplificándolo todo, hasta que pierdo el interés.
Qué asco me doy, y que doy....lo sé....
No es mejor ni peor opción que la tuya, simplemente, es una. Y me siento mejor, cada vez un poco más mejor.
No es la ausencia de momentos una molestia palpable, ni el recuerdo algo relevante; sino la falta de un sentido, un conector que reavive lo que siento cuándo me rozan tus labios, algo que nunca se marche... o de lo contrario, algo que nunca se haya quedado.
Y llegados a éste punto, la necesidad de culpabilizar a alguien, y quedarme tranquila con mi hipocresía, sentada en esta silla, frente a las causas por las que no te quiero, por las que no quiero quererte y por las que nunca te quise.
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