Se cerró la puerta, y la habitación desapareció. Su mirada resbaladiza, ya no acertaba a encontrar un punto de descanso, donde meditar con indiferencia. Quedó paralizado, pensando que jamás saldría de aquello que ni siquiera alcanzaba a definir. Un miedo terrible, comenzaba a pellizcarle el pecho, gota a gota, humedeciendo las sabanas. Mientras, el tambor de los latidos evitaba el silencio, cercano a la muerte. Pasan los minutos, y por fin, la costumbre silencia las agujas del reloj. Ya pasó… solo era la primera vez.
2/8/08
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