Un frío pensamiento me invadió. Me desperté consternado. A mi lado, ella. Tez pálida, ojos negros y un cabello dorado que me cautivó en la oscuridad de la noche. Nos presentó un amigo común y, cuando me quise dar cuenta, llevábamos horas charlando. Qudé profundamente prendado. Hicimos el amor durante horas. Fue una noche fantástica, con una mujer perfecta, quizás todo había sido demasiado perfecto. Ya había tenido noches similares, con mujeres encantadoras, noches idílicas y desencantos matutinos posteriores. Estaba prevenido. Pero con ella había sido diferente. Lo noté enseguida, era especial. Había sido una noche mágica. Sentí que, por fin, la había encontrado. ¡Tanto tiempo buscándote!
Me sentí embriagado de felicidad. Pensé en abrazarla y volver a hacer el amor, permanecer con ella en la cama eternamente. Su sonrisa me frenó. Parecía dormir tan plácidamente que pensé que cometería un crimen si le privaba de su placentero letargo. Me levanté y le preparé el desayuno. Me sentía extrañamente nervioso: todo había sido tan perfecto, tan auténtico, que deseaba que nada se torciera, ¡tantas veces había ocurrido!. Volví a la habitación. La contemplé: se había convertido en la luz que revitalizaba mi banal existencia. La besé, pero sentí que estaba helada. Me estremecí. Traté de despertarla, pero fue en vano, ella ya se había apagado.
Me sentí embriagado de felicidad. Pensé en abrazarla y volver a hacer el amor, permanecer con ella en la cama eternamente. Su sonrisa me frenó. Parecía dormir tan plácidamente que pensé que cometería un crimen si le privaba de su placentero letargo. Me levanté y le preparé el desayuno. Me sentía extrañamente nervioso: todo había sido tan perfecto, tan auténtico, que deseaba que nada se torciera, ¡tantas veces había ocurrido!. Volví a la habitación. La contemplé: se había convertido en la luz que revitalizaba mi banal existencia. La besé, pero sentí que estaba helada. Me estremecí. Traté de despertarla, pero fue en vano, ella ya se había apagado.
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