Partió convencido, si conseguía lograrlo obtendría su ansiado instante de paz. Tan sólo debo actuar con decisión, acercarme, cogerlo con fuerza y desaparecer, pensó. Mientras se aproximaba lenta y torpemente hacia su objetivo, resultaba penoso. Sin embargo, logró aquel preciado tesoro. Y realmente salió disparado, animado por su hazaña.
Pero el ya no era el mismo que cuando comenzó esta aventura: ahora era poderoso, podría lograr cualquier cosa que se propusiese, se imaginaba durante la escapada. Giró una equina y algo lo agarró. Una mujer pelirroja con semblante serio lo agarraba fuertemente del cuello, apenas podía respirar. De pronto, apareció frente a él una mujer, que le propinó dos sonoras bofetadas.
Pasó de la euforia a la desolación en una décima de segundo, se esfumaba el dinero, se esfumaba la ilusión. Cerraba el puño, repleto de billetes, como aferrándose a la compasión de su perseguidora, con la mirada fija en el asfalto. Cuando le arrebataron la esperanza desapareció lenta y penosamente, como un zombi sediento de vida.
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