Al fin y al cabo, siempre nos quedará septiembre...
4/8/08
Un buen amigo
Al fin y al cabo, siempre nos quedará septiembre...
2/8/08
En la oscuridad.
El tirón
Partió convencido, si conseguía lograrlo obtendría su ansiado instante de paz. Tan sólo debo actuar con decisión, acercarme, cogerlo con fuerza y desaparecer, pensó. Mientras se aproximaba lenta y torpemente hacia su objetivo, resultaba penoso. Sin embargo, logró aquel preciado tesoro. Y realmente salió disparado, animado por su hazaña.
Pero el ya no era el mismo que cuando comenzó esta aventura: ahora era poderoso, podría lograr cualquier cosa que se propusiese, se imaginaba durante la escapada. Giró una equina y algo lo agarró. Una mujer pelirroja con semblante serio lo agarraba fuertemente del cuello, apenas podía respirar. De pronto, apareció frente a él una mujer, que le propinó dos sonoras bofetadas.
Pasó de la euforia a la desolación en una décima de segundo, se esfumaba el dinero, se esfumaba la ilusión. Cerraba el puño, repleto de billetes, como aferrándose a la compasión de su perseguidora, con la mirada fija en el asfalto. Cuando le arrebataron la esperanza desapareció lenta y penosamente, como un zombi sediento de vida.
Amanecer
Me sentí embriagado de felicidad. Pensé en abrazarla y volver a hacer el amor, permanecer con ella en la cama eternamente. Su sonrisa me frenó. Parecía dormir tan plácidamente que pensé que cometería un crimen si le privaba de su placentero letargo. Me levanté y le preparé el desayuno. Me sentía extrañamente nervioso: todo había sido tan perfecto, tan auténtico, que deseaba que nada se torciera, ¡tantas veces había ocurrido!. Volví a la habitación. La contemplé: se había convertido en la luz que revitalizaba mi banal existencia. La besé, pero sentí que estaba helada. Me estremecí. Traté de despertarla, pero fue en vano, ella ya se había apagado.