Hoy, al despertar, he escuchado una vez más la sirena y acto seguido la voz grave y seria del hombre que todos los días paraliza la ciudad diciendo: vinte i dois, vinte i treis, vinte i oito…
Se trata probablemente de un funcionario que trabaja en prisión. Y como esta ciudad es tan pequeña, tiene un eco privilegiado. Es por eso que podemos compartir todos los días con los presos su hora de patio y su llamada a cabinas.
Cuando lo sabes te hace gracia, estas mucho más tranquila sabiendo que la fuga de uno de ellos no podría ser jamás ocultada a los medios y a la población.
Pero los primeros días… me es imposible expresar lo que sentí al escuchar esa tenebrosa voz. Su ritmo es lento, suena como asi: viiiiiiiiiiiiiiinnnteeeee iiiiiiiii oiiiiiitooooo… viiiiiinteeeee i doooiiiiisss…
Por un momento me trasladé a una época que jamás he vivido pero que puedo revivir por lo concienciada que estuve en otro tiempo de ella. Era un toque de queda. Indudablemente lo era. Y yo estaba sola en casa, no podía llamar a nadie puesto que a nadie le importaba. Pero tenía que salir a la calle, llegaba tarde a mi primer día de prácticas. Pero… ¿y si la calle estaba tomada? ¿y si la noticia había salido en el informativo de la mañana y yo por no tener televisor no me había enterado?
Después de subirme en una silla que coloqué estratégicamente en el balcón, y de apreciar a uno o dos peatones caminando a un ritmo normal, me armé de valor y salí a la calle.
Anduve la pronunciada bajadeta mucho más deprisa de lo que en realidad el terreno lo permitía y subí las escaleras del edificio donde tenían que encontrarse mis tutoras. Llamé a la puerta unas cinco veces.
Me abrió la puerta una de ellas con una sonrisa que me desconcertó.
- Bom dia Paki! Vens disposta?, me dijo.
- Bom di dia… Sim sim, estou… disposta…
Dejé pasar el tiempo suficiente para que mi ritmo de respiración no delatara mi locura, y entonces lancé mi pregunta. En castellano claro, era demasiado profunda para traducciones simples…
- Una... una preguntita Rute… la voz esa que se escucha desde todo Coimbra de un señor que parece estar enfadado o como mínimo descontento con lo que está diciendo… ¿que significa y porqué?
Ella se rió durante quince segundos aproximadamente y dijo: viiiiinnnteeee i oooiiiitooooo
Me lancé a decir que si para que no dijera un número más por la salud de ambas y volví a preguntar porqué con cara de: aquí una de las dos tiene un problema de falta o de exceso de aceptación…
Entonces volvió a reír y me dijo que ese sonido venía de la cárcel, (que se encontraba a unos metros de absolutamente todo porque esto es una nuez y en ese momento podrida) y que iba a escucharlo todos los días. Me explicó lo que era y para qué y entonces me dijo: ¿que te habías asustado?
- No hombre no… solo me había extrañado un poco que toda la población conviva con estos sonidos sin revivir un pasado que aún está latente entre vosotros y que ha supuesto un embarazo en casi todas las conversaciones que he intentado iniciar con un portugués. Solo eso, pero me dejas mucho más tranquila, si, mucho mas…
A la mañana siguiente lo volví a escuchar, y por un momento olvidé la conversación con Rute y me encontré a mi misma casi debajo de mi cama pensando en el maldito día en que mi madre me obligó a salir de su vientre.
A los dos días, consultando el Público virtual (su edición portuguesa) leí que la noche anterior, mientras yo estaba cenando pechugas al limón con patatas fritas en mi casa, a 200 metros se estaba dando un motín en la prisión. Los presos se quejaban de la falta de higiene, de buena alimentación y de libertad que había en la cárcel. Se ve que en la calle se reunieron sus familias en signo de apoyo ya que compartían las mismas protestas. Y con ellos asociaciones y vecinos que querían a sus presos un poco más libres.
Y cómo no, en la ciudad, aparte de estas personas no se inmutó nadie más.
Por la noche salí de fiesta, y Pepiño me acercó a los muros. Me senté unos minutos junto a uno y me quedé callada. Él se sentó conmigo y compartió mi silencio. Por delante de nosotros pasaban miles de borrachos, jóvenes dispuestos a comerse el mundo. Matrimonios con sus hijos que se dirigían a sus casas después de una cena tranquila a acostar a sus retoños y dejar paso a las nuevas generaciones para que pudieran tomar las calles.
Y me convertí en el muro, por un instante mi alma se quedó en el otro lado, y una lágrima recorrió mi cara.
Y él me dijo: tú tampoco eres libre niña…
Asentí porque cualquier respuesta me parecía precipitada.
Entonces desaparecí. Una vez más acallé lo que me estaba matando por dentro e intenté aprovechar lo que me ofrecía el momento.
Al día siguiente me desperté mas triste, sola, vacía y sucia que nunca.
Y volví a acallar ese sentimiento, porque no estaba en mi mano desprenderme de él.
8/5/10
25 de Abril
Hoy es el aniversario de la Revolución de los claveles.
En este día, Coimbra se llena de mujeres que han salido a la calle a abarrotar los escenarios donde en otro tiempo sus madres y sus abuelas se unieron para luchar por los derechos que les habían quitado al nacer, al convertir el género que no habian elegido en una cuestión de desigualdad. Todas arrancaron un clavel de la tierra y lo alzaron como la única arma que poseían.
El clavel ha sido regalado a cada mujer por un hombre. Y es que ese gesto, ese detalle de empatizar con la historia de las mujeres, es lo que hace que esa flor sea hoy tan especial.
Y a mí, hoy, nadie me ha regalado un clavel.
Justo el viernes estuve leyendo un artículo sobre ésta revolución, y como siempre pasa cuando te empapas de estas cosas, me sentí más mujer que nunca.
Entonces, salí a la calle con la cabeza bien alta. Porque yo no era yo. Era todas esas mujeres que dejaron a sus hijos al cuidado de sus maridos o de sus madres demasiado ancianas para la lucha, y unieron sus fuerzas para construir algo un poco más igualitario.
Calló el día, y yo seguía siendo tan mujer como por la mañana. Entonces fui a beber y me enchufé un cigarro. Por fuera daba la impresión de que tenia sed de venganza, y era cierto, para qué engañarnos. Y no era un buen día para relacionarse con el sexo opuesto, me molestaban esa clase de personas.
Entonces llegó un hombre, que se interpuso en mi conversación para invitarme a dejar a un lado mi enfado infundado. Me hizo aterrizar con sus argumentos y me ofreció la parte que yo estaba obviando. Entonces me acallé a mi misma y me dejé convencer. Era demasiado fácil, no fue un logro, puesto que yo podría haberme convencido a mi misma si hubiera querido. Pero acepté mi absurda lucha solitaria, y me inventé un nuevo transcurso.
Aunque no necesitaba a nadie, ya era demasiado tarde para arrepentimientos. La situación se había dado sin que ninguno de los dos nos diéramos casi cuenta. La gente de alrededor se había marchado y nuestro colega de la barra nos negó el elixir que nos había estado dando la vida las 10 horas anteriores. Irse a casa no era una opción, para ambos, la noche aún era joven.
Salimos a la calle y la luna se había ido. La luz natural era molesta, entonces me dejé llevar continuando con mi enzarpamiento en esa conversación infinita (que parecía diferente porque ambos estábamos en otro país y proveníamos de puntos distintos de la misma España) y mi compañero me guió hasta que de repente nos detuvimos en un portal.
Entonces, sin que pueda recordar muy bien el momento en el que le di pie, me encontré en una casa ajena con una persona que de repente había dejado de verme como un igual y me miraba ya como a una mujer.
Y pensé en la visita de la semana anterior de mis dos colegas españoles, y recordé sus dos visiones acerca de estos temas y mi imposibilidad en ese momento de ser uno de ellos.
Y dejé de pensar, me puse una máscara y seguí adelante.
Después de dos horas y media, había llegado el momento de llevarme un cigarro a la boca. Él deslizó su brazo por mi vientre y me atrajo hacia su cuerpo.
Y volví a pensar en la tronka.
No quedaba tabaco, la noche y mi ciego habían acabado con todas mis existencias y con las suyas (y recordé que quizá fuera ese el principal motivo por el que accedí a alejarme de la barra).
Entonces, antes de que le diera tiempo a pronunciar ninguna palabra, me levanté y me vestí.
Intenté rehuir sus preguntas con evasivas y compromisos que solo yo me creí. Le di las gracias, un beso en la frente y le pedí que me indicara la vuelta a mi casa.
Por supuesto, me negué a ser acompañada. Seguía siendo independiente. Pues eso faltaba…
Y ahí que fui, con el principio de mi apreciada resaca que me fue fiel hasta 48 horas después y anduve hasta llegar a mi morada en la que se encontraba mi cama vacia.
Como era de esperar, no tenía llaves, asique tuve que llamar insistentemente a mis compañeras de piso que yacían casi muertas en sus habitaciones. Cuando una escuchó mis trompazos en la puerta me abrió y me preguntó: ¿llegas ahora?
Contesté con la mirada y le advertí que no me despertaran nunca.
Y hoy, rodeada de mujeres con claveles en las manos, me como mi orgullo femenino de forma literal y me compro un libro. Entonces me olvido de la idea de que nadie me regale un bonito cadáver y celebro otra cosa, por ejemplo el dia de Sant Jordi.
Y me doy cuenta de que aveces, las migajas son suficientes para saciar mi sed, para olvidar mis miedos.
Y me entran ganas de comunicarme, de continuar este proyecto. De convertir la cruda realidad en algo agradable.
Y me lanzo al vacio, y vuelvo a saltar la valla.
En este día, Coimbra se llena de mujeres que han salido a la calle a abarrotar los escenarios donde en otro tiempo sus madres y sus abuelas se unieron para luchar por los derechos que les habían quitado al nacer, al convertir el género que no habian elegido en una cuestión de desigualdad. Todas arrancaron un clavel de la tierra y lo alzaron como la única arma que poseían.
El clavel ha sido regalado a cada mujer por un hombre. Y es que ese gesto, ese detalle de empatizar con la historia de las mujeres, es lo que hace que esa flor sea hoy tan especial.
Y a mí, hoy, nadie me ha regalado un clavel.
Justo el viernes estuve leyendo un artículo sobre ésta revolución, y como siempre pasa cuando te empapas de estas cosas, me sentí más mujer que nunca.
Entonces, salí a la calle con la cabeza bien alta. Porque yo no era yo. Era todas esas mujeres que dejaron a sus hijos al cuidado de sus maridos o de sus madres demasiado ancianas para la lucha, y unieron sus fuerzas para construir algo un poco más igualitario.
Calló el día, y yo seguía siendo tan mujer como por la mañana. Entonces fui a beber y me enchufé un cigarro. Por fuera daba la impresión de que tenia sed de venganza, y era cierto, para qué engañarnos. Y no era un buen día para relacionarse con el sexo opuesto, me molestaban esa clase de personas.
Entonces llegó un hombre, que se interpuso en mi conversación para invitarme a dejar a un lado mi enfado infundado. Me hizo aterrizar con sus argumentos y me ofreció la parte que yo estaba obviando. Entonces me acallé a mi misma y me dejé convencer. Era demasiado fácil, no fue un logro, puesto que yo podría haberme convencido a mi misma si hubiera querido. Pero acepté mi absurda lucha solitaria, y me inventé un nuevo transcurso.
Aunque no necesitaba a nadie, ya era demasiado tarde para arrepentimientos. La situación se había dado sin que ninguno de los dos nos diéramos casi cuenta. La gente de alrededor se había marchado y nuestro colega de la barra nos negó el elixir que nos había estado dando la vida las 10 horas anteriores. Irse a casa no era una opción, para ambos, la noche aún era joven.
Salimos a la calle y la luna se había ido. La luz natural era molesta, entonces me dejé llevar continuando con mi enzarpamiento en esa conversación infinita (que parecía diferente porque ambos estábamos en otro país y proveníamos de puntos distintos de la misma España) y mi compañero me guió hasta que de repente nos detuvimos en un portal.
Entonces, sin que pueda recordar muy bien el momento en el que le di pie, me encontré en una casa ajena con una persona que de repente había dejado de verme como un igual y me miraba ya como a una mujer.
Y pensé en la visita de la semana anterior de mis dos colegas españoles, y recordé sus dos visiones acerca de estos temas y mi imposibilidad en ese momento de ser uno de ellos.
Y dejé de pensar, me puse una máscara y seguí adelante.
Después de dos horas y media, había llegado el momento de llevarme un cigarro a la boca. Él deslizó su brazo por mi vientre y me atrajo hacia su cuerpo.
Y volví a pensar en la tronka.
No quedaba tabaco, la noche y mi ciego habían acabado con todas mis existencias y con las suyas (y recordé que quizá fuera ese el principal motivo por el que accedí a alejarme de la barra).
Entonces, antes de que le diera tiempo a pronunciar ninguna palabra, me levanté y me vestí.
Intenté rehuir sus preguntas con evasivas y compromisos que solo yo me creí. Le di las gracias, un beso en la frente y le pedí que me indicara la vuelta a mi casa.
Por supuesto, me negué a ser acompañada. Seguía siendo independiente. Pues eso faltaba…
Y ahí que fui, con el principio de mi apreciada resaca que me fue fiel hasta 48 horas después y anduve hasta llegar a mi morada en la que se encontraba mi cama vacia.
Como era de esperar, no tenía llaves, asique tuve que llamar insistentemente a mis compañeras de piso que yacían casi muertas en sus habitaciones. Cuando una escuchó mis trompazos en la puerta me abrió y me preguntó: ¿llegas ahora?
Contesté con la mirada y le advertí que no me despertaran nunca.
Y hoy, rodeada de mujeres con claveles en las manos, me como mi orgullo femenino de forma literal y me compro un libro. Entonces me olvido de la idea de que nadie me regale un bonito cadáver y celebro otra cosa, por ejemplo el dia de Sant Jordi.
Y me doy cuenta de que aveces, las migajas son suficientes para saciar mi sed, para olvidar mis miedos.
Y me entran ganas de comunicarme, de continuar este proyecto. De convertir la cruda realidad en algo agradable.
Y me lanzo al vacio, y vuelvo a saltar la valla.
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