BOCETO DE UN CUENTO DE MEDIANOCHE
Seis coincidencias; en espacio, tiempo, y lugar…
Una aguja atraviesa la tela de un nuevo estampado.
Se dirigen a un tren del que sale humo y permite a todo aquel que sube que saque su cabeza y sienta el delicado tacto del viento. Retablos de una historia desconocida, marcan el principio de un largo trayecto.
Y entre tanto, esbozos de un cuento que se confunden en el silencio que tantas veces ansiamos y la mayoría de las veces despreciamos.
Encuentros inesperados con la realidad fingida que muchos llamarían utópica.
Destinos disfrazados por la magia en la que las más de las veces nos confunde la marea.
“Adioses” que parecen “hasta luegos”.
Silencios nuevamente necesarios que contienen las palabras de la pena absoluta que esconden las despedidas.
A luz de un tubo destellante parten hacia Croacia, que en este momento podría compararse con “la tierra prometida”.
Viajo para encontrar mi propia geografía, decía un loco de las calles de Nantes que le había contado un loco de las calles de París.
Viajo, y encuentro muchas otras geografías, pero podría llegar a ser un castigo el hecho de encontrar lo que andabas buscando.
No es que el lugar cambie a las personas, ni que las personas tengan la capacidad de cambiarse a sí mismas, sino las múltiples reacciones personales que aún no conocemos las que nos provocan esa sensación de insatisfacción continua, y hacen que deseemos ese cambio.
Viajo para encontrar otra yo en otra geografía.
Junto a la brisa que acaricia tu cara, existe en esta tierra un sonido que acompaña a los viandantes, que puede aproximarse a un órgano lejano manejado con el más bello de los dones del Mar Adriático.
Es cierto que muchas veces son los forasteros los únicos capaces de percibir los olores de una tierra, huéspedes capaces de sentir la diferencia y la belleza de lo que no les es común.
Acompañados por el misterio que provoca la ignorancia hacia lo invisible, los transeúntes avanzan cogidos de la mano sin que la más mínima banalidad pase desapercibida, fraguando confianzas y rechazando encruzijadas.
En esas condiciones, un apretón de manos es suficiente para saciar la curiosidad de cualquier sediento de tal.
Cuando el tiempo pasa (y pesa), intentas encontrar la salida que tu condición de superviviente te indica.
Casi siempre, acabas añorando la mano que el primer día te indicaba el camino; pero casi es mejor la añoranza que la espera eterna de aquel que busca la perennidad de los términos abstractos.
Un día, caminando por ese mismo lugar, aquella mano rozará tu cuerpo, y será lo único que te haga ver que en esta historia, solo tu mano te delata, y que tu cuerpo nunca más volverá a ser el mismo.
A pesar de la arquitectura inmóvil, y después de lo ocurrido en la central, han caído demasiadas gotas de lluvia para que este edificio sea el mismo.
Se escucha una voz muy suave que en medio de la noche se atreve a decir que lo importante nunca fue el destino, sino el camino; nunca el acto, sino la espera. Dicen por ahí que hay que tener mucho cuidado con la lluvia, porque muchas veces cae paralela a tus pies y puede hacer que te resbales; y las almas libres, son demasiado jóvenes para llevar paraguas.
- Disculpe caballero,¿podría usted decirme adónde se dirige este tren?
- No hay direcciones en este tren, las paradas marcan el final de cada persona que decide apearse de él. Yo no paro nunca. Más tarde, alguien vendrá a decirme que he de bajar, y entonces se habrá acabado mi estancia en este asiento. Buscaré uno nuevo, y continuaré mi camino hasta mi próximo final.
Bajo una lluvia seca de algodones impolutos la ciudad se hace sonar aunque aparentemente nadie la oiga.
Solo seis almas perdidas de la mano de dios pueden ser capaces en estas condiciones de ignorar lo que el ambiente ofrece.
Con la pretensión de no llegar a ningún puesto fijo y con una botella de Rakia en la mano se puede viajar al infinito sin que la velocidad importe demasiado.
Pero hay cosas, que como alguien dijo un día, escapan a la voluntad del ser humano; y es muy fácil que alguien se pierda en un lugar en el que nunca ha querido encontrarse.
A veces tienes 4 colores, que se convierten en 8, y se esfuman todos por las manos sin que nadie se de cuenta. Pero es muy posible que en otro tiempo encuentres a 4 de ellos y te des cuenta de que en realidad ahora tienes la mitad de lo que nunca fue tuyo.
Una anciana vende flores con olor a lavanda, pasea con su cesta como forma de vida, dentro de un sistema que nunca le ofreció una alternativa clara. Su misión no es ganar, sino ofrecer, y darle sentido a las pequeñas cosas que hacen grande una ciudad.
Una magia que ningún flautista puede ignorar, que nos atrapa y nos posee delicadamente a todos.
Hay un macetero en el balcón, y cada transeúnte le añade un color; se llena de olores diferentes, y la función de la señora que se mantiene a la espera de crear un ramillete, no es otra que ofrecerlo a otra gente que lo sepa apreciar.
El Señor Vito tiene una calle en su Milano despreciable, y puede parecerle humillante a toda la gente que piensa que se trata de un apátria desagradecido, pero para mí, no existe un honor más justo.
Y hasta puede ocurrir que el malo sea hoy.
Pero puestos a observar desde la cima, olvidemos todas las metas, y aceptemos, que la cima se encuentra demasiado alta de la carretera que nos condujo al círculo donde podríamos haber jugado a adivinar “las mil y una noches”. Y una pena sería no apreciar los dotes del científico loco que una sirena es capaz de interpretar a la perfección ella sola, y con más clase que nuestro propio dios y olé.
Somos chimeneas que consideramos que el deshollinador se quedó en las películas. Es mucho más bonito el negro ceniza, porque puedes mojar un dedo y manchar las narices de tus compatriotas. Y lo importante de sostenerlo entre tus manos es poder desprenderte del humo, y tirar con él todo lo malo que sobra.
Después piensas el perdón, y todo el negro de las caras debería desaparecer, como única regla que existe en todo juego humano… aquella que te obliga a buscar eternamente la solución de la adivinanza (que permanecerá oculta hasta el final del juego).
Todos esperamos algo grande del final, una grandiosidad digna de marcar un nuevo principio, o como mínimo, un futuro abstracto que esconda muchos otros finales.
Pero hay veces, en que es mejor que el final no esté en la última página, porque eso podría significar, en el mejor de los casos, un sabor demasiado amargo para cualquier lector.
“ZIVJELI”
(Y LIBERTAD)



